La vitamina K es una gran desconocida en muchas dietas, a pesar de ser esencial para funciones tan básicas como la coagulación de la sangre o la salud ósea. No suele ser protagonista, pero su papel es silencioso y vital. Sin ella, el cuerpo no podría frenar una hemorragia, ni fijar el calcio en los huesos, ni mantener las arterias libres de depósitos de calcio que las vuelvan rígidas.
A diferencia de otras vitaminas, la K se encuentra con facilidad en alimentos comunes, sobre todo en verduras de hoja verde y algunos productos fermentados o grasos. Con una dieta mínimamente equilibrada se puede cubrir la cantidad diaria recomendada, aunque hay situaciones en las que conviene prestarle especial atención: ciertos tratamientos médicos, problemas digestivos o dietas desequilibradas pueden alterar sus niveles y sus efectos.
Qué es la vitamina K y qué tipos existen
La vitamina K es una vitamina liposoluble, es decir, se disuelve en grasa y se almacena en los tejidos grasos del cuerpo. Para que tu organismo la absorba bien, necesitas tomarla junto con una fuente de grasa saludable, como aceite de oliva o aguacate. Aunque no suele ser tan conocida como otras vitaminas, su función es imprescindible, puesto que participa en procesos clave como la coagulación de la sangre, la formación de tejido óseo y la regulación del calcio en arterias y órganos blandos.
El nombre “K” viene del término danés koagulation, y no es casualidad. Se descubrió en 1935, precisamente por su papel decisivo en la capacidad del cuerpo para detener hemorragias.
Existen dos tipos principales de vitamina K:
- La vitamina K1 o filoquinona, está presente en vegetales de hoja verde como las espinacas, el perejil o la col rizada. Es la forma más abundante en la dieta y actúa principalmente en el hígado, donde ayuda a producir los factores que permiten que la sangre coagule.
- La vitamina K2 o menaquinona, se encuentra en alimentos fermentados como el natto, en productos animales como el hígado o los huevos, y también la producen en pequeña cantidad las bacterias intestinales.
A diferencia de la K1, la K2 tiene una vida más larga en el cuerpo y ejerce efectos más amplios, especialmente sobre los huesos y el sistema cardiovascular.
Para qué sirve la vitamina K en el organismo
Aunque a menudo pasa desapercibida, la vitamina K cumple funciones vitales que afectan directamente a tu salud diaria. No se trata solo de evitar hemorragias: esta vitamina actúa en procesos fundamentales relacionados con la sangre, los huesos y las arterias. Su presencia en niveles adecuados puede marcar la diferencia entre un cuerpo que se repara con eficacia y uno más vulnerable a lesiones internas silenciosas.
Una de sus funciones más conocidas es la coagulación sanguínea. La vitamina K es necesaria para que el hígado produzca una serie de proteínas responsables de detener el sangrado cuando se produce una herida. Sin ella, el cuerpo no puede formar coágulos y cualquier lesión, por pequeña que sea, puede convertirse en un problema serio. Por eso, es especialmente importante en personas con riesgo de hemorragias o en tratamiento con anticoagulantes. En estos casos, además de mantener una dieta adecuada, conviene cuidar el sistema circulatorio con fórmulas naturales como Silicium G7 OrgonoCol, un complemento alimenticio que combina Omega 3, Resveratrol y Monacolina K para apoyar la salud cardiovascular, regular el colesterol y favorecer la circulación de forma integral y natural.
En el tejido óseo, la vitamina K participa en la activación de una proteína llamada osteocalcina, que actúa como una especie de ancla para el calcio. Gracias a ella, el calcio no se queda flotando en la sangre, sino que se fija correctamente en la estructura del hueso. Esto no solo fortalece el esqueleto, sino que también reduce el riesgo de fracturas y problemas como la osteoporosis. Una dieta rica en vitamina K está relacionada con una mayor densidad mineral ósea y una mejor salud a largo plazo.
En este ámbito, el silicio también tiene un papel destacado. Productos como Silicium G7 Original, con silicio orgánico de alta absorción, que ayuda a estimular la producción natural de colágeno y favorecen la regeneración de los tejidos óseos, articulares y conectivos, ofreciendo así un apoyo eficaz y seguro para el bienestar osteoarticular.
Además, la vitamina K desempeña un papel esencial en la salud cardiovascular. Ayuda a evitar que el calcio se deposite en las arterias —un proceso que, con el tiempo, puede dar lugar a la temida calcificación arterial— y favorece que ese calcio llegue a donde realmente se necesita: los huesos. De hecho, se ha observado que las personas con una buena ingesta de vitamina K tienen menos riesgo de desarrollar rigidez arterial y enfermedades del corazón asociadas al envejecimiento.

Alimentos ricos en vitamina K
La vitamina K está muy presente en alimentos frescos y naturales, aunque no todos aportan la misma cantidad ni el mismo tipo. Mientras que la vitamina K1 se encuentra sobre todo en vegetales de hoja verde, la vitamina K2 aparece en alimentos fermentados y de origen animal. A continuación, repasamos las fuentes más importantes con sus cantidades aproximadas por cada 100 gramos.
Las verduras de hoja verde contienen cantidades muy elevadas de vitamina K1. El perejil aporta cerca de 1640 microgramos, seguido de la col rizada o kale con 817 microgramos, la espinaca con 482, la acelga con 380 y los berros con aproximadamente 250 microgramos. Son alimentos fáciles de incluir en el día a día y su consumo regular cubre de sobra las necesidades básicas.
Algunas frutas aportan vitamina K en niveles más moderados, pero útiles dentro de una dieta variada. El kiwi contiene unos 40 microgramos por cada 100 gramos, el aguacate aporta 21, y frutas como las moras, los arándanos y las uvas se sitúan alrededor de los 14 a 19 microgramos. Aunque no sean fuentes principales, contribuyen a mantener un aporte constante.
Los alimentos fermentados son la fuente más potente de vitamina K2. El más destacado es el natto, una soja fermentada japonesa que alcanza los 850 microgramos por 100 gramos. También está presente en quesos curados y en embutidos grasos fermentados, aunque en proporciones variables según el tipo y el proceso de elaboración.
Entre los productos de origen animal, el hígado de ternera destaca con unos 106 microgramos por 100 gramos, y la yema de huevo aporta cerca de 32 microgramos. Aunque no son alimentos de consumo diario para todo el mundo, sí representan una fuente importante de vitamina K2.
Los aceites vegetales también contienen vitamina K, especialmente el aceite de soja, con unos 25 microgramos por cucharada. Le siguen el aceite de canola con 10 microgramos y el aceite de oliva con unos 8 microgramos por cucharada. Además, estos aceites ayudan a mejorar la absorción de la vitamina al aportar grasa saludable.
Incluir una combinación de estos alimentos en tu dieta es la forma más eficaz y natural de cubrir las necesidades diarias de vitamina K, especialmente si consumes vegetales verdes a diario y alternas con otras fuentes como frutas, fermentados o productos animales.
Déficit de vitamina K y recomendaciones de consumo
Aunque la deficiencia de vitamina K no es común en personas sanas con una dieta variada, puede convertirse en un problema real en ciertos casos. La falta de esta vitamina afecta directamente a la capacidad del cuerpo para coagular la sangre y mantener el equilibrio del calcio, con consecuencias que pueden pasar desapercibidas hasta que se manifiestan con síntomas claros.
Los síntomas más frecuentes del déficit de vitamina K incluyen:
- sangrados nasales espontáneos
- encías que sangran con facilidad
- aparición de hematomas sin causa aparente
- en casos más graves, hemorragias internas.
Estas señales pueden confundirse con otros trastornos, por lo que es importante prestar atención si aparecen de forma recurrente o sin explicación clara.
Algunos grupos tienen mayor riesgo de sufrir esta carencia. Los recién nacidos son especialmente vulnerables, ya que nacen con muy poca vitamina K, por lo que suelen recibir una dosis preventiva al poco de nacer. También están en riesgo las personas con enfermedades hepáticas o digestivas, como la colitis ulcerosa o la enfermedad celíaca, que dificultan la absorción de grasas y, por tanto, de vitaminas liposolubles. Por último, hay que tener en cuenta a los pacientes que toman antibióticos durante largos periodos o a quienes siguen tratamientos anticoagulantes, como la warfarina, ya que pueden ver alterados sus niveles de vitamina K o su funcionalidad.
Las recomendaciones oficiales de ingesta diaria varían según el sexo. En adultos sanos, se considera adecuado un consumo de 90 microgramos al día en mujeres y 120 microgramos al día en hombres. Estas cantidades pueden alcanzarse fácilmente con una dieta que incluya vegetales de hoja verde, aceites saludables y alguna fuente animal o fermentada ocasional.
En personas que toman anticoagulantes, es fundamental mantener una dieta estable en vitamina K. No se trata de evitar estos alimentos, sino de no hacer cambios bruscos sin supervisión médica. Incorporar de golpe grandes cantidades de alimentos ricos en vitamina K puede reducir la eficacia del tratamiento, al igual que eliminarlos por completo puede aumentar el riesgo de hemorragias.
Lo recomendable es consultar siempre con el especialista antes de modificar el patrón de consumo.

Conclusión: Por qué conviene tener presente la vitamina K en tu alimentación
La vitamina K cumple funciones vitales en el organismo que muchas veces pasan desapercibidas, pero que resultan fundamentales para tu bienestar. Participa directamente en la coagulación sanguínea, fortalece los huesos al facilitar la fijación del calcio y protege tu sistema cardiovascular al evitar la calcificación de las arterias.
Las verduras de hoja verde como el perejil, la espinaca o el kale son sus principales fuentes naturales, aunque también se encuentra en alimentos fermentados como el natto y en productos animales como el hígado o la yema de huevo. Incorporarlos a tu dieta de forma habitual te permite mantener niveles óptimos de esta vitamina sin esfuerzo.
Si formas parte de un grupo de riesgo —como quienes toman anticoagulantes o tienen problemas de absorción—, es especialmente importante que tu ingesta sea estable y controlada. En general, una alimentación variada, rica en vegetales frescos, es suficiente para cubrir las necesidades diarias sin necesidad de suplementación.
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